EL VIAJE ASTRAL
Hans Holzer

 En el campo de la fenomenolgía Psi-Gamma, las experiencias «fuera del cuerpo» son más corrientes de lo que se cree, aunque la mayoría de las personas a quienes les ocurren espontáneamente prefieren no hablar de ellas por miedo al ridículo, o bien porque simplemente no las comprenden y las consideran como una pesadilla.

Hace años, Sylvan Muldoon y el doctor Carrington explicaron dichos fenómenos de manera lógica en una obra considerada ya clásica sobre la proyección astral. Muldoon era el ser proyectado y Carrington el investigador.

Yo he estudiado brevemente, en algunas ocasiones, la proyección astral en forma experimental, llevada a cabo en condiciones controladas y con equipos investigadores supervisando todas las fases del experimento.

Es bien sabido que esta clase de experimentos comportan algún peligro, y nunca hay que desoír el consejo de Madame Blavatsky de no intentarlos, dado en todas sus obras que tratan de teosofía. De tales experimentos puede resultar un trastorno mental cuando la sorpresa impide el «reajuste» de la parte no física del hombre a su morada física, o sea su cuerpo.

¿Cómo se produce el fenómeno?

Explicaré de manera breve cómo funciona la proyección astral. El caso típico es el de una persona que de repente tiene la sensación de elevarse por encima de su cuerpo, usualmente a una hora tardía de la noche o de madrugada, cuando el nivel de conciencia es más bajo. Sin embargo, muchos casos se refieren a individuos completamente despiertos, puesto que el viaje astral no está reservado en mudo alguno al estado del sueño. Al principio se muestran asustados confusos, especialmente cuando ven su propio cuerpo dormir debajo de ellos.

A veces se hallan de pie en rincón de la habitación contemplándose «a sí mismos» y entonces se preguntan si estarán muertos. Otras veces, se ven arrastrados al campo a gran velocidad  o viajan hasta lugares muy distantes. Durante estos rápidos tránsitos se hallan enterados de condición individual, si bien mundo que les rodea, invariablemente, es descrito medrosamente, pues todo parece más agudo y definido que en el estado normal.

Algunos viajeros astrales refieren a una luz blancoazulada que lo ilumina todo, y no tienen ninguna dificultad en ver o pasar a través de las paredes ni penetrar en casas ajenas. Principalmente visitan a personas o lugares que por algún tiempo ha deseado ver consciente o inconscientemente, aunque en ocasiones pueden ir a lugares que no les son familiares en absoluto.

Una vez presentes en un lugar distinto de su cama, esos viajeros astrales pueden ser unos observadores excelentes. En realidad y con gran frecuencia, son más penetrantes y recuerdan con más detalle lo que han visto que si hubieran entrado por la puerta valiéndose de su cuerpo físico.

Esto demuestra que nuestros cuerpos físicos rebajan nuestros sentidos y que nuestra auténtica personalidad mejora cuando utilizamos nuestros duplicados etéricos, o sea los llamados ojos y oídos internos. Esto se aplica, al parecer, tanto a la ausencia temporal del cuerpo físico, llamada proyección astral, como al exilio permanente llamado muerte.

La única diferencia estriba en la presencia o ausencia de un diminuto eslabón llamado el cordón de plata, que conecta la personalidad astral con el cuerpo físico, de igual manera que un aparato respiratorio une al buzo con la estación de control a bordo del barco, en la superficie del mar.

  Cuando se corta dicho eslabón, la persona no puede regresar al cuerpo y entonces se produce lo que llamamos «muerte».

Es muy cierto que esto puede ocurrir por accidente en las excursiones astrales, aunque sea extremadamente raro e implicaría una gran falta de precaución por parte del viajero o, naturalmente, la interferencia de alguien, no al tanto de la situación, con el cuerpo que quedó «dormido».

Este es el principal peligro de la proyección astral, por lo que a una persona que posea este don siempre hay que recomendarle que cierre su puerta durante la noche y que dé instrucciones explícitas para que nadie trate de despertarle.

Comprendo lo difícil que ha de ser esto en la época de escepticismo por la que atravesamos, pero no existe otra alternativa para la protección propia, ya no es posible reprimir la proyección astral involuntaria, de la misma forma que es imposible lograr que el cerebro deje de pensar.

Desde el punto de vista científico, la proyección astral es todo una experiencia subjetiva sólo la gran cantidad de testimonios paralelos puede ofrecer pistas respecto a su sistema operativo. Sin embargo, existen archivados algunos casos comprobados en los que el viajero astral fue visto, oído o sentido por los que estaba al otro extremo del viaje, corroborando de esta forma una experiencia subjetiva por medio de una observación objetiva.

La duración del viaje astral

Que el tiempo es realmente una dimensión convencional y no independiente en absoluto se desprende del hecho de que las diferencias relativas a las horas regionales de observación en tales casos, siempre se ajustan a la debida hora local. Si un individuo proyectado astralmente es visto en su estado etérico, o no físico, a las 3 de la tarde en Los Ángeles, y el viajero recuerda que su experiencia sufrida en Nueva York tuvo lugar exactamente a las 6 de aquella misma tarde, teniendo en cuenta que la diferencia horaria entre California y la Costa Oriental de Norteamérica es de tres horas, prácticamente no parece haber transcurrido tiempo alguno apreciable entre el comienzo y el término del viaje astral.

Estoy seguro de que transcurre una cantidad mínima de lo que llamamos tiempo entre los dos extremos del viaje, puesto que la velocidad del viaje astral no puede ser mayor que la del pensamiento o de la luz, como se pensaba antiguamente. Incluso el pensamiento tarda cierto tiempo en viajar, aunque sea capaz de cubrir distancias inmensas en fracciones de segundo.

Pero el pensamiento y la proyección astral son impulsos eléctricos y no pueden viajar sin una pérdida de tiempo, por mínima que sea. Algún día, cuando hayamos construido aparatos que midan esas fracciones de segundo, descubriremos sin duda que existe un reducido factor de demora entre los dos extremos de la ruta astral.

   La duración del viaje astral varía según el estado de relajación del sujeto. Un individuo muy nervioso y medroso, pronto sentirá pánico y el deseo de estar en su cama, aun lo cual no tardará mucho en verse reajustado al cuerpo, como atraído por una tira de goma y sufriendo cierta sensación desagradable.

Esta sensación, según quienes la han experimentado, es como la caída desde una gran altura o una rotación rapidísima en espiral, para despertar súbitamente en la cama, como si se acabase de sufrir una pesadilla. Lo cual no deja de ser cierto.

Estoy convencido de que la sensación de caer no se debe en modo alguno a una caída física, sino que representa únicamente la súbita deceleración de la velocidad vibratoria del sujeto. El viaje astral, como la vida psíquica, posee un índice de velocidad mucho más elevado que la vida física. Así, cuando la personalidad se ve de pronto desviada de la carretera, por decirlo de alguna manera, y obligada a reducir su velocidad, ello produce una condición de shock. La atmósfera más densa en la que se mueven nuestros cuerpos físicos requiere un índice de pulsación más lento. Normalmente, en la proyección astral, la persona regresa gradualmente a su cuerpo y el proceso es metódico y regular, sin efectos nocivos. Pero cuando el regreso es excesivamente rápido no hay tiempo para la regularidad y el resultado eh un rechinamiento debido al brusco frenazo del vehículo corporal.

Los psiquiatras han tratado de explicar la sensación tan común de caer desde una gran altura durante un sueño, como una expresión de temor. Lo malo de esta explicación es que dicha experiencia resulta tan frecuente que no puede abarcar a todas las personas que la sufren. En realidad, muchas de ellas jamás han padecido temores o complejos de miedo. Asimismo, algunos viajeros astrales han experimentado esa sensación estando parcial o totalmente despiertos.

Yo opino que se trata de un síntoma puramente mecánico, en el que el cuerpo etérico se ve obligado a insertarse en el cuerpo físico a un índice de velocidad demasiado elevado. Naturalmente, esta sensación no origina ningún trastorno permanente.

Los momentos de confusión subsiguientes no son peores que la bruma mental que a menudo se experimenta al despertar después de un sueño muy vívido, sin que se haya producido la proyección astral. Sin embargo, muchos viajeros astrales se encuentran cansados, como si hubiesen empleado una gran energía física, lo cual también es cierto.

Visitas astrales

Una de estas personas, tal vez un caso típico, fue Dorothy W., una joven abuela de cincuenta años. Es una mujer mental y físicamente despierta, con una personalidad bien ajustada, que trabajaba como secretaria administrativa en un centro municipal.

Dorothy sufrió muchas experiencias psíquicas, incluso premoniciones de muertes imprevistas, habiendo sido visitada en muchas ocasiones por las sombras de los desaparecidos.

Dorothy tomó esas cosas con naturalidad y ni se alarmó ni se preocupó demasiado por ellas.

     Frecuentemente experimentó que el estado de sueño es agotador. Visitaba lugares conocidos o desconocidos, y vía a personas que recordaba, y a otras totalmente nuevas para ella. Sabía, asimismo, que las personas que ella reconoce están muertas en el sentido convencional. Era incapaz de impedir esas excursiones nocturnas y aprendió a convivir con ellas. Lo que, no obstante, la enojaba era que al despertar se hallaba físicamente cansada, como si acabara de andar muchísimos kilómetros.

Otro caso típico con una perfecta corroboración al otro extremo del viaje está archivado en la Sociedad Americana de Investigaciones Psíquicas (American Society for Psychic Research), habiéndose publicado en la revista True, en un artículo sobre la percepción extrasensorial. Este caso se refiere a una joven, a la que la citada Sociedad llama Betsy, la cual viajó en su forma astral más de mil kilómetros. En lo que el artículo calificaba como una especie de estado de sueño vívido, Betsy se vio proyectada a la casa de su madre.

«Cuando entré, me apoyé en la alacena de los platos, con los brazos cruzados, postura que suelo adoptar a menudo. Miré a mi madre, que estaba inclinada sobre una cosa blanca, haciendo algo con las manos. Ella, al principio, no pareció verme, pero por fin levantó la vista. Experimenté una sensación muy grata, permanecí sin moverme otro segundo, y al fin di media vuelta y anduve cuatro pasos.» Entonces, Betsy se despertó.

El reloj de su mesita de nuche señalaba las 2,10 de la madrugada. La impresión de haber visto a su madre a más de mil kilómetros de distancia fue tan poderosa que, a la mañana siguiente, Betsy escribió a sus padres preguntándoles si aquella noche habían sufrido alguna experiencia fuera de lo común.

La respuesta de la madre fue una carta que se iniciaba con estas palabras:

«¿Por qué no te quedas en casa en lugar de irte tan lejos cuando duermes? ¿Sabes que estuviste aquí unos segundos?» La madre afirma que el momento en cuestión fue a la 1,10 de la madrugada. Y la carta continuaba:

«Lo que, de acuerdo con vuestro horario, debían ser ahí las dos y diez minutos. Yo estaba planchando una blusa en la cocina, pues no podía dormir. Levanté la vista y te vi junto a la alacena, sonriéndome. Iba a hablarte cuando desapareciste inesperadamente».

La joven, según su madre que sólo la vio de cintura para arriba vestía el ligero camisón que usaba para dormir cada noche.

Finalmente, existe una clase de proyección astral semivoluntaria, cuando una persona desea visitar cierto lugar sin saber, pese a ello, nada del mismo ni de su aspecto. Cuando tal visita produce detalles comprobados, por muy nimios o insignificantes que sean, podemos juzgar de manera más correcta la veracidad del experimento.

    Algunos investigadores se refieren a esta particular fase como clarividencia viajera. Otros sostienen que en realidad sólo una parte de la personalidad que se proyecta visita los lugares distantes, pero que la parte esencial de uno mismo no se mueve.

En cuanto a las proyecciones del pensamiento, se conocen casos en que una persona viva se ha aparecido súbita y momentáneamente a otras, en carne y hueso, a una distancia enorme.

Usualmente, en esta clase de fenómenos se hallan envueltas situaciones emocionales. O la aparición del ser vivo sirve para advertir un desastre o un peligro imprevisto, o el aparecido se halla en apuros y pide auxilio. Pero la proyección es repentina y momentánea en todos los casos, sin comparación posible a la cualidad prolongada de un verdadero fantasma o a la aparición de un difunto.

Me inclino a pensar que estas proyecciones del pensamiento en las que una persona viva se aparece a otra de igual condición, son proyecciones astrales notablemente rápidas, tanto que el cuerpo etérico vuelve al físico antes de que el viajero se dé cuenta del hecho, produciéndose a lo sumo una súbita sensación de ausencia.

Recuerdo que Miss Eyleen me contó un incidente referente al difunto John Latouche, un excelente médium. Un día, después de almorzar en Nueva York, Eyleen observó de pronto la mirada borrosa de John: durante uno o dos minutos John había estado viajando astralmente, con un desplazamiento total en el tiempo y en el espacio. Todo concluyó tan rápidamente, que ninguno de los dos lo comentó.

Cuando realizaba investigaciones para una de mis primeras obras, Cazador de fantasmas, conocí a una joven nipón-americana, llamada Mia Yamaoka, que había sufrido experiencias psíquicas en diversas ocasiones.

Una fase especial de su cualidad ESP que me interesó fue su aparente capacidad para proyectarse de manera astral, no en experimentos controlados con equipos de investigadores en ambos extremos, sino impulsada por una necesidad emocional de carácter personal, con el fin de entrar en contacto con parientes a los que había perdido de vista.

La joven había leído un libro instructivo sobre autohipnosis y seguía sus instrucciones respecto a cómo debía relajarse debidamente.

«Me tendí en la cama y me concentré en un pequeño objeto que estaba cerca del techo. Seguí las instrucciones del libro sobre la hipnosis, diciéndome que debía relajarme, que estaba dormida, y respiré profundamente empezando a contar. Tras hacer esto varias veces sentí que mi cuerpo se elevaba hacia el techo, y me ordené a mí misma visitar a una hermana que estaba en un hospital de Los Ángeles. A la sazón yo vivía en Nueva York.

En aquella ocasión, al elevarme hacia el techo, me di cuenta de que mi otro cuerpo continuaba en la cama o al menos tuve esa impresión. De pronto, me pareció salir de la habitación por la ventana. Y luego me sentí volando a través del aire. Pasaba por delante, y, aún a través de los edificios, viendo a la gente dormida en sus camas, atravesando muros y habitaciones. También recuerdo que el cielo ofrecía un color azul oscuro cuando volaba allí donde no había edificios. De pronto, divisé las olas del océano que chocaban contra las rocas, y tuve la sensación de hallarme en la Costa Oeste. De repente, aterricé literalmente en un parque. A lo lejos se alzaba un edificio parecido a un hospital.

Apareció mi hermana, y como hacía diecinueve o veinte años que no nos veíamos, lloramos y nos abrazamos estrechamente.

    Estudié su rostro y observé que había envejecido bastante desde la última vez que nos habíamos visto. Tuve conciencia del deseo de recordar algo que comprobase aquella visita y examiné cuidadosamente la ropa que ella llevaba. Iba ataviada con un vestido blanco con ribetes negros.

»Una semana después de la primera experiencia decidí volver a probar y visitar a otra hermana mía. Esta también vivía en Los Ángeles. La experiencia fue idéntica. Volé igual que la primera vez y me pareció llegar a Los Ángeles en un abrir y cerrar de ojos. Vi cómo el agua lamía la costa rocosa, y de pronto me encontré en una calle. Algo apartada de la misma había una casita, con unos árboles delante, aunque no ocultaban el edificio, y también me fijé en un pequeño porche. No había tenido noticias de mi hermana desde hacía dos años, y la última vez que supe de ella estaba viviendo en una casa de apartamentos. Por tanto, pensé que aquél no podía ser el sitio donde vivía mi hermana. A pesar de ello, la llamé tímidamente varias veces, sin que saliese nadie. Decidí comprobar aquella visita, si era posible, pero me resultaba muy difícil describirla en una carta. Especialmente, a causa del hecho de no haber sabido nada de mi hermana en largo tiempo y no conocer sus señas.

»Por fin, redacté la carta y la dirigí a la última dirección que conocía de mi hermana, suplicando que se la enviasen donde estuviera, lo cual constituía un medio indirecto de comunicación. Después, mi hermana volvió a sostener correspondencia conmigo.

»Hace un mes tuve ocasión de visitar Los Ángeles y vi a mi hermana. Le expliqué mi experiencia, y describí la casa. Me contestó que había detallado con gran exactitud la casa en la que ella residía entonces. Y afirmó que se trataba de una casa pequeña con un porche no muy grande. Añadió que la casa se alzaba al fondo de un solar, y que delante de la misma crecían unos árboles.» Esta historia tiene toda la apariencia de un viaje astral en toda regla. Casos parecidos deberían ser estudiados y clasificados sistemáticamente, lo que ayudaría mucho a la comprensión de esta cualidad humana de la proyección astral o de traslación a otros lugares sin el cuerpo. Si ello se consigue, el hombre llegará a un sorprendente conocimiento de sí mismo.

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